Osel

Recuerdo hace unos años (¿ocho?) cuando oí hablar del pequeño lama español. Recuerdo que en aquel reportaje de la tele lo presentaban como “la reencarnación de Buda”, y me pareció tan alucinante que vi el programa entero. Hoy sé que Buda no era un tío, sino un estado máximo al que cualquier persona puede llegar con el trabajo suficiente, y que él era la reencarnación del lama Yeshe; pero eso es otro tema. Yo, lo que esperaba de aquel reportaje era ver un chico joven tratado como un dios en algún monasterio budista de la India, una fuente de sabiduría o algo así que otra gente seguía y reverenciaba. Por lo que él mismo dice, sí lo veneraban, pero eso era fuera del monasterio. Lo que vi era otra cosa. Ahí había un chico, rodeado de muchos otros como él, que dedicaba dieciséis horas diarias al estudio de filosofía, matemáticas y textos sagrados que no recuerdo; y a debatir sobre estos últimos con sus compañeros. Únicamente sobre esto. Mostraban imágenes de esas discusiones o debates: parejas de chicos tenían lo que parecía una confrontación, que distaba bastante de la imagen sosegada y razonable que se tiene de la buddhist way of life. Además, y esto me llamó bastante la atención, repetían al final de cada frase un gesto como para dar énfasis a lo que decían, a un volumen ya bastante alto: se echaban hacia adelante y golpeaban la palma de una mano con el reverso de la otra frente a la cara del “oponente”. Durante el reportaje también entrevistaban al chico. Enfatizaban su papel de persona importante en el mundo budista, y la vida de alejamiento que había decidido llevar. Pero se mostraba (o yo veía) con una cierta claridad una importante inseguridad acerca de todo lo que tenía alrededor, y de lo que no tenía. Es más, cuando hablaban de cómo buscaron por todo el mundo al niño en el que el lama Yeshe se había reencarnado y cómo fue su llegada al monasterio, vi a unos fervientemente budistas padres y un desesperadamente necesitado lama que encontraron en Osel (que así se llama la criatura, por cierto) todas sus esperanzas de realización personal.

Vamos, que pasé de la perspectiva de un niño tranquilo y sabio, tratado con cariño y veneración, a la imagen de un adolescente enclaustrado en un sitio extraño, con una estricta educación basada en la disciplina, las privaciones y en un conocimiento obsoleto, rígido y muy reducido, sobre el que deben ¿debatir? diariamente de una forma preestablecida. Recuerdo que acabé el reportaje bastante triste por el pobre chico, y deseando de todo corazón que acabaran de reprimirle esos deseos y curiosidades que sentía, para que jamás asomara la cabeza al mundo exterior y descubriera que le habían arrebatado su vida y que nunca la iba a recuperar del todo.

Ayer por la tarde, en las noticias, hablaron de él y se me cayó el alma a los pies: el chico salió del monasterio a los dieciocho viendo que eso no era lo que quería. Mostraban la foto de espaldas de un chaval vestido medio hippie, que decían que había estudiado filosofía y cine, y que estaba tratando de dedicarse a eso. Alguien que trata de buscar sentido a su vida, pensé. Hoy, rebuscando, he encontrado la confirmación.

Este es un tipo de situación que me provoca sentimientos encontrados. Lo fácil sería cagarse en el lama y los padres del chico, pero entiendo la necesidad imperiosa que tenían, tanto el uno como los otros, de darle sentido a su vida. Un sentido que para ellos es más que una realización personal. Para la gente fervientemente religiosa, la religión traspasa la importancia de las cosas que conocemos y es lo que está por encima del mundo, del tiempo e incluso de las personas. A modo de ejemplo, la Biblia cuenta cómo Abraham estaba dispuesto a sacrificar a su hijo por Dios. Porque Dios no es una ideología. Dios es, simplemente, Dios, y está por delante de todo lo demás. El problema es que, probablemente, Dios no existe, y al pobre Osel le jodieron irremisiblemente la vida. Una vida finita y caduca, pero que es la única que va a tener. Por lo menos, y seguramente fruto de su instinto de supervivencia, sigue creyendo en la reencarnación.

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