La fábula del banquero y Juan Palomo

Había una vez un hombre llamado Juan Palomo al que le tocó un señor pellizco en la lotería.  Lleno de alegría pensó en depositar ese dinero en el banco, ese banco en el que llevaba ya muchos años ingresando religiosamente su nómina mensual, motivo por el que ya conocía a las cajeras e incluso al director.

Cuando Juan Palomo, lleno de felicidad, contó a la cajera Pili el motivo de su visita, esta, tras una enorme sonrisa y un “¡Enhorabuena!”, llamó al director, que presto se personó, le dio un apretón de manos y lo invitó a pasar a su despacho. Juan Palomo no podía quitarse esa cara de alegría mientras le contaba al director que quería hacer algo con ese dinero; tratar de sacarle más partido, para así, además, poder dejarle a sus hijos una herencia. El banquero sonrió, le dio unos golpecitos en la espalda y le dijo “No te preocupes. Hace tiempo que nos conocemos, ¿no? Aquí haremos lo mejor para tu dinero.” Acto seguido, el banquero comenzó a explicarle todas las opciones que tenía. Le llenó la cabeza de números, cláusulas, porcentajes y valores, y al final Juan Palomo acabó con un montón de ideas entrecruzadas y un fuerte dolor de cabeza. “Ehh… bueno”, dijo Juan Palomo, “eso de la alta rentabilidad, que has hablado tanto, está bien, creo que… sí”. “Perfecto”, dijo el Banquero, “Pues si eso es lo que decides, sólo tienes que firmar aquí”. Juan Palomo cogió el bolígrafo un poco confuso, pero con confianza en su banquero de toda la vida. Este le puso la mano en el hombro con fuerza, le miró a los ojos y con una sonrisa le dijo: “Tus hijos agradecerán una buena decisión”.

Cuando salió del despacho, y tras desear a la cajera Pili la pronta recuperación de su hijo que estaba con paperas, Juan Palomo estaba exultante. Llegó a casa, abrazó a su mujer y pasó el resto del día hablando, henchido, de la importante y hábil gestión que había realizado con el banquero y de cómo su familia iba a vivir más tranquila a partir de ese momento.

Un día, cuando las navidades se acercaban, Juan Palomo se fue al banco. Llevaba semanas buscando el perfecto regalo de reyes para su hijo pequeño y lo había encontrado el día anterior, así que iba a sacar dinero para comprarlo.

– Me temo que no puede ser. – le dijo la cajera Pili – Este dinero no puede usted tocarlo hasta dentro de tres años.

– ¿Cómo que no? Pero si sólo es para un juguete. Tengo de sobras. ¿Cuánto tengo ya?

Juan Palomo se quedó petrificado cuando le dijo la cantidad

– Pero ese no es el problema, Señor Juan, es que es un depósito…

– ¿Me puedes repetir la cantidad? – Interrumpió Juan Palomo.

Otra vez. No podía ser, era menos de lo que había ganado. Ahí faltaba, por lo menos, una cuarta parte. No entendía nada, así que preguntó si podía hablar con el banquero. Este le recibió de inmediato con una sonrisa y un abrazo, a pesar de que la cara de Juan Palomo estaba totalmente descompuesta.

– ¿Qué te trae por aquí, Juan?

Juan Palomo le contó lo sucedido, y a medida que avanzaba, el banquero fue cambiando su expresión por un ceño fruncido.

– Vaya, Juan, lo siento. Lo siento de veras.

Tras eso, el silencio. Juan no sabía muy bien qué debía esperar pero suponía que algún tipo de explicación. Esta no se producía, así que empezó a decir algo sin saber muy bien qué.

– Yo… quería comprar los reyes… y no sé por qué… no puedo sacar dinero… y ahora tengo menos…

Otro breve silencio y el barquero finalmente habló.

– Juan, lo siento de Veras, pero tú escogiste un depósito de riesgo y los valores con los que juegas están cayendo en picado… y la verdad es que el futuro no parece halagüeño.

– Pues quiero sacar el dinero – dijo Juan Palomo.

– No puede ser. No hasta dentro de tres años.

La mirada de Juan Palomo se clavó en el banquero. No era una mirada de odio o enfado, sino de incredulidad, que fue transformándose en desesperación.

– Pero tú me dijiste que era lo mejor, me dijiste que mis hijos…

– Juan, créeme cuando te digo que lo siento, pero no te enfades conmigo. Yo te mostré las opciones y tú cogiste la que consideraste. Nunca te he forzado ni te he puesto una pistola en la cabeza.

– Pero yo confié en ti. Este es mi banco desde hace muchos años. Nos conocemos desde hace tiempo.

– Juan, me duele que puedas pensar que te he engañado. Yo no he hecho nada. Nunca te he dicho que escogieras una u otra cosa, y siento enormemente que haya salido mal. Espero que esto no afecte a nuestra confianza mutua porque es lo último que deseo. Aquí todos te apreciamos, empezando por mi y terminando por la señorita Pili.

Juan Palomo salió del banco abatido. Lo que le había dicho era verdad, pero sentía que había gato encerrado. De alguna forma, había jugado con esa su confianza. El banco le había desplumado y él no tenía nada que decir. Y con esa sensación pasó los siguientes días, hasta que un día, al pasar por delante, vio al banquero salir de su oficina. Este también se dio cuenta de su presencia, le dedicó una alegre sonrisa y se dirigió a su encuentro.

– ¡Hombre Juan! ¿Qué tal? ¿Qué es de tu vida? – le dijo mientras le daba un afectuoso abrazo.

– Eh… Pues… Ya ves. Por aquí.

– ¿Todo bien? – Le dijo poniendo su mano en el hombro y aún sonriendo. Siguió así mientras se hacía un silencio.

– Bueno…  Ya ves…

– Juan, discúlpame que te tengo un encargo. Si hay algo que pueda hacer por ti, ya sabes.

Y se despidieron.

Juan Palomo estuvo unos segundos quieto. Sin saber qué hacer. Como desconectado. Decidió entrar en el banco, y tras saludar afectuosamente a Pili, le dijo que quería cerrar sus cuentas. Pili le miró sorprendida al principio, pero luego entendió lo que pasaba, así que le dijo que tendría que esperar al director. Antes de que se fuera hacia la silla, le dio unas palmaditas en la mano.

Cuando llegó el director, y después de hablar con Pili, se dirigió a Juan Palomo con un gesto grave y le invitó a su despacho.

– Así que quieres cerrar las cuentas, Juan. ¿Y cómo es eso? – su expresión era la de no entender lo que pasa. Juan miró al escritorio.

– Eso es. Creo que no os habéis portado bien conmigo. Así que voy a retirar el resto del dinero. Y dentro de tres años sacaré lo que me hayáis dejado en el depósito ese.

– Juan, somos amigos desde hace tiempo. Siempre te hemos tratado bien. – hizo una pausa – Siempre te he tratado bien. Me parece injusto que termines con esto por una decisión equivocada que has tenido.

Juan Palomo levantó la mirada. Empezaba a estar realmente enfadado, pero tragó saliva.

– Yo no lo veo así.

Tras eso, el silencio.

– Muy bien Juan, – dijo el banquero – haremos lo que tú quieras.

Firmaron los papeles y se despidieron con un apretón de manos.

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Stendhal y yo

Barcelona es una ciudad increíble. Es un hecho indiscutible que, además, aparece en el Evagelio según San Nosequién. Es más, a mi me parece la ciudad más bonita que he visto nunca. Eso también es verdad, aunque no sé qué parte de esa opinión la aporta el hecho de que sea mi ciudad y el cariño que le tengo, seamos francos (con minúscula).

Pasear por la parte antigua (Borne, Barrio Gótico y Raval) cuando no hay mucha gente es una experiencia que recomiendo a todos aquellos que necesiten un rato para si mismos. Tras cualquier puerta o al torcer cualquier esquina puede aparecer un lugar lleno de belleza, magia o, simplemente, sorprendente.

Hoy, mi indecisión a la hora de comprarme un traje me ha regalado una mañana increíble, durante la que tan sólo he echado de menos una cámara de fotos. Es lo bueno y lo malo de hacer las cosas sin planificar.

La verdad sobre buenos y malos

No sé qué pasa, pero los días que estoy calentito es cuando más me apetece escribir. Con calentito me refiero a mosqueado, porque si no, lo que me entran son ganas de otras cosas.

En el día de hoy, queridos niños, vamos a hablar de las conciencias, y vamos a ser todo lo destructivos que podamos porque, mis pequeños, alguien tiene que pagar mis platos rotos. Esto, por mucho que os digan vuestros profesores, monitores de esplai y directores espirituales, es una de las bases del funcionamiento de nuestra sociedad, y por tanto, es bueno per se.

Empecemos estableciendo conceptos: la conciencia es una de las partes principales del “código fuente” (si hay algún informático en la sala, que explique eso; yo no quiero) de nuestra cabeza que nos indica qué es el bien y qué es el mal, y es, por tanto, lo que rige principalmente nuestras decisiones y nuestro comportamiento. Como vosotros sois niños listos y espabilados, os estaréis haciendo la siguiente pregunta: ¿cómo se forma (o programa) eso que es tan importante y que nos condiciona de ese modo tan radical? Pues la respuesta es muy simple: al azar. Bueno, no exactamente. Depende de una programación inicial que tenemos al nacer, a la que nuestras vivencias le añaden, especialmente los primeros años, unos parches que pueden llegar a cambiar mucho la programación inicial. ¿Y cómo funciona? Muy sencillo: si hacemos lo que nos dice, nos sentimos bien. Si no, mal.

Bueno, pues eso es todo. Sí, no hay más. Así de sencillo, estúpido y autocomplaciente. Pero ahora viene mi parte favorita. ¿Cuántas veces habéis oído que hay que hacer caso a nuestra conciencia? ¿Cuántas veces habéis visto a alguien orgulloso por hacer lo que su conciencia le pide? ¿Cuántas veces habéis visto a alguien reprender a otro por no tener conciencia con alguien o con alguna situación? ¿Cuántas veces alguien que se cree mejor porque dedica parte (o todo) su tiempo a hacerle caso a algo que le dicta su conciencia? ¿Y qué es la conciencia sino el más básico y primario de los instintos, el “sexo del alma”? Mejor, más primario y menos generoso aún: el instinto de supervivencia del alma. Pero de la propia alma, no de la del prógimo prójimo.

Ahí es cuando me cago en la gente que se piensa que tiene autoridad moral para dar lecciones basadas en sus más primarios instintos, sobre los que montan teorías de todo tipo y que acaban con eslóganes comerciales como “otro mundo es posible”, por poner un ejemplo.

¿Qué hay más egoísta y tiránico que querer que el mundo funcione según lo que te sale de las propias tripas?

Namasté

Estemos atentos porque próximamente se producirá un acontecimiento histórico. Y no me refiero a la coincidencia en el tiempo de dos líderes progresistas a ambos lados del Atlántico, porque eso ya nos lo estamos comiendo ahora, sino al arranque de la sexta temporada de Lost. El puto día (perdón, es la emoción) 2 de febrero se estrena la última parte de lo que podría ser lo mejor que jamás ha salido de una televisión. Y digo podría porque todo depende de este final, y es qué, según cómo, también puede ser el mayor bluff de la historia. Dios quiera que no, porque mi salud mental depende en gran medida de no recibir una decepción así.

Y como le estoy cogiendo el gusto a meter foticos a los posts…

Martes y 13

Normalmente uno pone una introducción sobre estas cosas, pero, ¿qué decir de ellos? Enormes.