Esta isla llamada Mundo

Este es uno de estos posts que acabo haciendo por coherencia, o lo que es lo mismo, por imposición personal. Y no es que el tema no me apetezca, sino que últimamente no acabo de encontrar inspiración. Ni ganas tampoco. Pero es que hace unos días que acabó Lost, y teniendo en cuenta la cantidad de posts que le he dedicado a la serie (cuatro o cinco, que para este blog es mucho), me sentiría como un miserable si no le dedicara algo al final. Sí, sí, miserable. Es que tengo que reconocer que me he encariñado con la serie y sus personajes, a pesar de haber dicho hasta la saciedad que a partir de la cuarta temporada decrece mucho su interés. Y que la quinta casi sobra.

Pero vamos al asunto. En algún momento ya he comentado que, por diversas razones, esta serie perdió un poco el rumbo y que no le iba a ser fácil recuperarlo. Efectivamente, así ha sido. Y el masivamente comentado capítulo final lo corrobora: nos han tomado el pelo. Nos había  hecho creer que todo estaba atado pero nada más lejos: la serie se convirtió en un fenómeno por los misterios, así que se los inventaron sin mesura ni criterio, aunque para ello castigaran otros aspectos como las relaciones entre los personajes y la propia historia. De todas formas, no voy a hacer más hincapié sobre esto, porque hice suficiente en el otro artículo (el del enlace de ahí arriba).

Creo sinceramente que los guionistas han sabido salir del jardín en el que se metieron de una forma más que digna. Ya que no hay solución a las preguntas, no se disimula (es que formaba parte del master plan, hombre) y se le da el peso nuevamente a la acción y a los personajes. Y creo que, pese a no hacerlo de una forma tan brillante como en las dos primeras temporadas, se ha hecho, como he dicho, muy dignamente. Me refiero a la temporada completa, no al último capítulo, que ha sido lo mejor del año.

Hagamos algo que me encanta y que, además, se me da muy bien: especular como si supiera de lo que hablo. Hay que tener en cuenta que esto es una serie, y no una de esas de cuatro capítulos sino una serie al estilo convencional que ha durado seis años. Seis años en los que nos han tenido pegados a la pantalla y que nos han regalado momentos inolvidables, como la conversación intertemporaldimensionalescrotaltelefónica entre Desmond y Penny, el incidente Michael/Libby/Ana Lucía o la aparición de Ben. Pero sobretodo, montones de pequeños momentos geniales que hicieron que, al menos yo, viera esta serie como algo especial en el mundo de la televisión. Sí, es cierto que perdieron el rumbo y todo eso, pero hay que tener en cuenta lo que hemos dicho: es una serie y depende de las audiencias, y estas reclamaban misterios. Así que una vez pagada su deuda, toca cerrar esto como se merece. Y para el último capítulo, además de haber creado el acontecimiento televisivo más importante que soy capaz de recordar, han vuelto a lo único que es capaz de sostener algo: los personajes y sus relaciones. Más vale tarde que nunca, que dirían Jack y Kate.

A mi el desenlace me dejó con un nudo en la garganta y echando algo más que la lagrimita (el remate final de Jack y Vincent me parece sensacional, conmovedor y muy poético) y, eso sí, con una sensación de vacío que no recuerdo haber sufrido jamás delante de una pantalla. Y no porque se acabe la serie, que también, sino porque me muestran que todos esos personajes con los que me he encariñado e identificado durante este tiempo han estado siempre solos o, como dice el título, perdidos. Y, al igual que yo, han entregado los últimos seis años (la mayoría, hasta la vida) por algo que desconocen y que nunca ha tenido el más mínimo interés en dar una explicación.

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Pequeñas diferencias

Vincent: Yeah baby, you’d dig it the most. But you know what the funniest thing about Europe is?
Jules: What?
Vincent: It’s the little differences. I mean, they got the same shit over there that we got here, but it’s just – it’s just there it’s a little different.

Pulp Fiction (1994)

Cuando uno se va a vivir a otro país, se supone que tiene que adaptarse a una serie de cosas. O no adaptarse y joderse, que para eso el ser humano es libre, pero lo normal es hacerlo. En mi caso, la adaptación no me resulta demasiado complicada, aunque también es verdad que España y Reino Unido (o Londres y Barcelona) no son tan tan diferentes como para que a uno le de un shock cultural. Tal vez por eso, uno va con cierta tranquilidad, con la guardia baja, haciendo sus cosas. Y entonces es cuando lo que le sorprende son las pequeñas diferencias. Algunas tan pequeñas que son ridículas, pero a las que el obsesivo trozo de materia gris (me he obligado a no poner “mierda”) que tengo en la cabeza le da unas cuantas e innecesarias vueltas.

La calle en la que te encuentras es una información superflua. Al menos para los viandantes. Porque tengo la sospecha, y no lo sé seguro porque no llevo coche, de que la calle sólo se anuncia en aquellos cruces en los que, si eres un coche, puedes meterte. Vamos, que puedes saber en qué calle entras pero no de cuál sales. Si eres peatón, ni te cuento.

Cualquier otro tipo de información referente a cualquier cosa debe ser detallada al máximo y por escrito, no vaya a ser que te encuentres con un inútil. Por ejemplo, lo que en el metro de Barcelona es un croquis con lucecitas que te dicen cuál es la próxima estación y qué correspondencias tiene, aquí es un rótulo de esos en los que corre un texto que dice algo así (sin exagerar): “Este es un tren de la línea Tal con destino a Pascual. La próxima estación es Aspectual. Cámbiese aquí para la línea Manual y el servicio de trenes Menstrual. Cuidado con el hueco”. Hubo otro que me hizo gracia. Estaba a la entrada de un callejón estrecho y decía algo así como “Precaución. Calle estrecha. Tengan cuidado los vehículos anchos”. En España habría un simbolito que indicaría la anchura de la calle.

Los coches van por la izquierda, sí, pero la gente no tiene criterio definido. Lo más curioso es que en el metro se esfuerzan mucho; dividiendo en dos escaleras y pasillo e indicándote, con un rótulo inequívocamente explícito, que vayas por la izquierda. Pero cuando no hay nada de eso cada uno va por donde le rota. Supongo que debe de ser influencia extranjera que les revienta las tradiciones, porque aquí casi todos somos de fuera.

Libras, galones y esas cosas en los Estados Unidos, porque lo que es aquí… De esto sí que cuesta darte cuenta. Cuando vas al supermercado, todo está en kilos, gramos y litros. Un tío muy raro que conocí se quedó un poco sorprendido cuando le hice mención a esto, y me dijo que sí que usaban pies y no sé qué medida de peso que no recuerdo. De todas formas, su afirmación “aquí parezco yo el extranjero”, me hizo pensar que estaba haciendo un alegato cultural patrio.

Apenas se encuentran pintorescos policías con casco. Los bobbies, que así se llaman, cuesta mucho verlos. Aquí, la mayoría de los polis llevan una gorra normal. Y chaleco antibalas.

Si quieres hacer un producto vectorial no puedes aplicar la regla del destornillador. O de la rosca en general. Alguien me dijo que aquí van en sentido contrario, pero no es exactamente así. Yo creo que el fabricante de tornillos, grifos, llaves o lo que sea se enfrenta a una situación parecida a la de la persona que pone un pie en la calle: ¿izquierda o derecha? Y es que aquí, cada cosa que va con rosca es de su padre y de su madre. Hasta ahora sólo he podido determinar que los grifos de la cocina cuyas manijas están en posición opuesta parecen funcionar normalmente con rosca invertida. Así está el tema.

Y para finalizar. La gente es bastante fea. Sin ánimo de ofender y tratando de ser simplemente descriptivo. Pero así es. Obviamente hay de todo, pero la media es… discreta. También debo decir que parte es debido a que el concepto británico de elegancia dista mucho del español. Por lo menos del español (¡joder, menudas pintas!). Lo que asusta es cuando te das cuenta de que estás en la ciudad más cosmopolita del Reino Unido, donde está todo el pijerío y el mestizaje cultural que suelen ayudar a mejorar estas cosas. No quiero ni pensar qué clase de criaturas habitan fuera.