Sentado en el trono.

De un tiempo a esta parte todos los días son una mierda. Y no, no voy a matizar eso. Una mierda de esas que dan espantosos retortijones, que no quieren salir por mucho que aprietes, que no se limpian por mucho papel que uses y que dejan el lavabo oliendo a puta mierda (¿a qué si no?) durante horas. Pero esta mierda no la tengo en el culo sino en la cabeza, que aunque alguien me haya dicho en alguna ocasión que, en mi caso, vienen a ser lo mismo, no lo son. Así que, además de dar retortijones, no salir, no limpiarse y oler muchísimo, me revienta la inspiración a la hora de escribir.

Entonces vosotros, queridos lectores, que sois astutos y espabilados habréis pensado “¡Coño, se acabaron los días de mierda!”. Bueno, pues no. La mierda sigue su curso natural pero parece que acabo de tener un momento lúcido e inspirado y me ha parecido buena idea aprovecharlo. El problema es que se trata de un arrebato, un instante en el que he sentido una gran necesidad de escribir pero sin tener nada preparado, cosa que es una pena porque parece una forma de tirar al  retrete este pico de talento. Más concretamente, al vertedero.

Aunque de todas formas, y siendo sincero, tampoco  puedo decir que haya tenido una gran inspiración. En el fondo, lo que he escrito es una mierda. Y ni da retortijones, ni ha tardado en salir. Estoy limpio y no creo que su olor perdure mucho.

Voy a tirar de la cadena.

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