El síndrome del perrete al que le sueltan la correa

Tengo empezado un post (o una serie de posts, que aún no lo he decidido) del tipo serio y circunspecto y que me apetece muchísimo escribir. El problema es que hoy es uno de esos días, así que no puedo. Y no es que tenga la regla, que a estas alturas creo que es lo que me falta por tener, pero sí puede ser que tenga un desajuste hormonal.  Sí, chicas, soy un tío sensible.

A veces pasa que, sin una razón concreta o con muchas razones abstractas, uno tiene estados de ánimos curiosos. El de hoy se llama “perrete al que le sueltan la correa” y consiste en querer ir a todos sitios a la vez y acabar por no ir a ninguno. Y oye, acabo de tener una idea de por qué ocurre: creo que es un exceso de estímulos positivos. A saber: hace sol (esto en Londres no es baladí), he descubierto que mi nueva compañera de piso está muy buena, he puesto música (tampoco es ninguna tontería) y he recuperado la maleta que me dejé en Stansted descubriendo sus tesoros: una cerveza artesanal y conmemorativa, un simbólico cubo de Rubik y un traje y una camisa con mucho que contar.

Ahora lo que toca es decidir qué hacer, y una vez descartado el intercambiar las etiquetas de los botes de sal y azúcar, apedrear al gato del vecino y salir a comprar el pan desnudo con pintura de camuflaje en la cara, creo que no me queda otra que irme a dormir.

Buenos días.

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