Qué bien se come en París…

Estoy en el Eurostar de camino a París, doblado como un cuatro en este asiento de segunda clase y contemplando los bellos paisajes del Eurotunnel. La verdad es que debería dormir pero por alguna razón me he puesto a pensar  esas preciosas cosas de las que hablaba en mi anterior post (rasgos de personalidad obsesiva, que diría alguien) y me he puesto de mala leche.

No os llevéis una idea equivocada. No siempre estoy cabreado. De hecho, creo que soy un tío majete. Acojonantemente encantador, diría. Pero hay cosas que me sublevan. Y parece mentira cómo me he vuelto mucho más crítico y visceral con todo esto desde que vivo aquí. No sé, debe de ser en reacción a tanta flema británica que me saca el carácter latino, pero el hecho es que me liaría a hostias y me quedaría solo.

Sí, mi querido lector, como habrás adivinado a estas alturas, no estoy contando absolutamente nada y esto sólo lo hago para pasar el rato. ¡Hombre, Francia por fin! Creo que me queda una horita hasta París. Es más, esto lo estoy escribiendo en un Word porque no tengo conexión, así que ya veremos si luego tengo la jeta de colgarlo.

Pues parece que la he tenido…

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