Qué bien se come en París…

Estoy en el Eurostar de camino a París, doblado como un cuatro en este asiento de segunda clase y contemplando los bellos paisajes del Eurotunnel. La verdad es que debería dormir pero por alguna razón me he puesto a pensar  esas preciosas cosas de las que hablaba en mi anterior post (rasgos de personalidad obsesiva, que diría alguien) y me he puesto de mala leche.

No os llevéis una idea equivocada. No siempre estoy cabreado. De hecho, creo que soy un tío majete. Acojonantemente encantador, diría. Pero hay cosas que me sublevan. Y parece mentira cómo me he vuelto mucho más crítico y visceral con todo esto desde que vivo aquí. No sé, debe de ser en reacción a tanta flema británica que me saca el carácter latino, pero el hecho es que me liaría a hostias y me quedaría solo.

Sí, mi querido lector, como habrás adivinado a estas alturas, no estoy contando absolutamente nada y esto sólo lo hago para pasar el rato. ¡Hombre, Francia por fin! Creo que me queda una horita hasta París. Es más, esto lo estoy escribiendo en un Word porque no tengo conexión, así que ya veremos si luego tengo la jeta de colgarlo.

Pues parece que la he tenido…

El síndrome del perrete al que le sueltan la correa

Tengo empezado un post (o una serie de posts, que aún no lo he decidido) del tipo serio y circunspecto y que me apetece muchísimo escribir. El problema es que hoy es uno de esos días, así que no puedo. Y no es que tenga la regla, que a estas alturas creo que es lo que me falta por tener, pero sí puede ser que tenga un desajuste hormonal.  Sí, chicas, soy un tío sensible.

A veces pasa que, sin una razón concreta o con muchas razones abstractas, uno tiene estados de ánimos curiosos. El de hoy se llama “perrete al que le sueltan la correa” y consiste en querer ir a todos sitios a la vez y acabar por no ir a ninguno. Y oye, acabo de tener una idea de por qué ocurre: creo que es un exceso de estímulos positivos. A saber: hace sol (esto en Londres no es baladí), he descubierto que mi nueva compañera de piso está muy buena, he puesto música (tampoco es ninguna tontería) y he recuperado la maleta que me dejé en Stansted descubriendo sus tesoros: una cerveza artesanal y conmemorativa, un simbólico cubo de Rubik y un traje y una camisa con mucho que contar.

Ahora lo que toca es decidir qué hacer, y una vez descartado el intercambiar las etiquetas de los botes de sal y azúcar, apedrear al gato del vecino y salir a comprar el pan desnudo con pintura de camuflaje en la cara, creo que no me queda otra que irme a dormir.

Buenos días.

Me cago

Me cago en el dinero. Me cago en mi trabajo. Me cago en esta. Me cago en estos. Me cago en Londres. Me cago en las puertas. Me cago en las notas. Me cago en las agencias. Me cago en mi casero. Me cago en los rasgos de personalidad obsesiva. Me cago en el wáter. Me cago en los cinco pasos y en los ocho. Me cago en la atmósfera. Me cago en los vendedores. Me cago en los tontos. Me cago en los engreídos. ME CAGO EN TODO LO QUE SE MUEVE.

Pluja d’idees absurdes

Irse de viaje a Latinoamérica. Hacer un curso de windsurf. Ir a la Tomatina. Escalar un 5000. Cazar gamusinos. Llamar al un timbre y salir corriendo. Un fin de semana en Londres. Saltar en paracaídas. Buscar a Wally en el calendario de bomberos. Sorber un flan. Hacer un concurso de escupir huesos de aceituna. Hacer un concurso de escupir a la gente desde el balcón. Un curso de buceo. Tirarse un pedo en clase y acusar a alguien de la primera fila (por repelente). Hacer rafting. Cazar un jabalí y comerlo crudo. Empapelar la facultad con una foto de tu propia mierda en la que ponga “Se ha perdido. Se gratificará”. Un curso de fotografía de desnudos. Una carrera de carts. Filmar una película porno. Ir a Vaquillas. Hacer ala delta. Montar un mueble de Ikea con todas las piezas en el sitio equivocado y que se aguante. Ir a comprar droga a la droguería. Ir a comprarle abrillantador de suelos a un camello. Ir en globo. Tatuarte una cara sonriente en el culo. Una cata de vinos. Sphereing. Apuntarse a risoterapia. Decir un número del 1 al 29 y hacer lo que salga.

Atando cabos

Estoy con el PMP, con unas ganas de acabarlo que no me las acabo, pero no acabo de llegar al cabo de la lección. Acabo de darme cuenta de que igual eso podría ayudar, así que me dispogo a llevarlo a cabo (me refiero a escribir, aunque este pensamiento lo he tenido hace un rato y no lo he llevado a cabo hasta al cabo de unos cinco minutos de ocurrírseme). El caso es que si en vez de perder el tiempo en esto, estuviera estudiando, ya estaría al cabo de la calle, en vez de aquí protestando; pero, ¡qué coño!  acabaré por volverme idiota si no tengo algún descansillo. Además, la lección de hoy no tiene ningún sentido, y me la he mirado de cabo a rabo.

De todo esto, sólo hay una cosa que me joda: no haber encontrado ninguna forma de referirme a un cabo de infantería. Mira por dónde, acabo de hacerlo.

Ya acabo.

Sumerjámonos

Hoy me siento profundo. Y no porque le hayan quitado el cojín al sofá, no. Lo que ocurre es que me siento con ganas de decir algo importante, con empaque. Algo que la gente lea y diga “¡Joder, qué tío! ¡Qué sesudo!”. El problema es que a mi esas cosas no se me ocurren. Y menos últimamente, que parece que sólo se hablar de defecaciones (mis disculpas si he ofendido a alguien). Pero ¿qué puedo decir?, mi mente es caprichosa y no se deja dominar. A mi sólo se me ocurren idioteces como hacer una pizza cuando el horno no funciona, decirle a mi compañera de piso que me cuesta entender a la gente cuando ella es casi sorda, o venirme a Londres.

El tema es que hoy me ha dado por mirarme un par de links de gente de Facebook a cosas de las llamadas profundas. Y menudo sopor, oye. Lo siento, pero la mayoría me parecen chorradas. En serio, pero aún a riesgo de parecer un cretino, no creo que haya tantas cosas interesantes que decir sobre la vida.

Hoy voy a hacer algo que nunca hago por temor a que no salga: hacer este post interactivo (todo lo interactivo que puede ser esto). Pongamos frases que os parezcan profundas y las destripamos. Así, entre todos. Sí, ya sé que será muy lamentable si tras esto no hay ningún comentario, pero ¡qué cojones!. He encontrado una que me parece genial. El autor creo que es Jorge Bucay, del que apenas se nada, pero con esto ya se define (para qué nos vamos a complicar…): “El sabio no pretende nada: ni ser bueno, ni ser fuerte, ni ser dócil, ni ser rebelde, ni ser contradictorio, ni ser coherente… Sólo quiere ser”. Menuda perla…

El truñito feo

Había una vez un lugar llamado colon o intestino grueso, hogar de una feliz familia: papá truño, mamá truño y cinco truñitos. Esta familia llevaba una vida apacible y feliz en aquel lugar que les proporcionaba calor, alimento y multitud de sitios interesantes en los que pasar las horas divirtiéndose. Los truñitos jugaban al “pilla pilla” intestino arriba e intestino abajo. Hacían cabañas de lacobacilus casei inmunitas en el apéndice, e incluso exploraban zonas que sus padres les habían prohibido, llegando casi al píloro. Les encantaba la parte misteriosa de eso: cada vez que se acercaban oían una voz chillona pero poderosa que sonaba por todas partes diciendo “¿Pero qué mierda has comido hoy? ¡Te voy a meter un ambientador de pino en la boca!”.

Sin embargo, la felicidad no era completa en la familia. Producto de la digestión de una paella, el truñito pequeño había recibido, además de un feo aspecto y a diferencia de sus hermanos, una constitución torpe y rígida, y no podía moverse con tanta libertad. Apenas podía seguir a los otros, y siempre acababa atascado en algún pliegue del tracto digestivo, viendo cómo la diversión se escapaba tubo arriba entre risitas burlonas.  A sus padres tampoco parecía importarles demasiado. Estaban muy orgullosos de sus otros cuatro retoños y le miraban a él con condescendencia, pena e incluso algo de desprecio. Podía leer en sus miradas: “¡Qué feo es! ¡Con todas con esas pieles de guisante por todas partes!”. La vida, para él, era un devenir de minutos durante los que pasaban cosas a su alrededor, sin que él pudiera participar de ninguna de ellas. La vida era triste.

Un día, todo fue a peor. Aquel día había allí algo extraño. El truñito notaba que el ambiente estaba más cargado y que se sentía más aprisionado de lo normal. Llegado un punto, ni siquiera era capaz de moverse, y para colmo, sus hermanos lo encontraron divertidísimo. Por lo visto, aún sobraba fondo de escala en el ascómetro de la vida. Ellos, sus hermanos, no parecían darse cuenta distraídos en su diversión, pero aquello se estaba poniendo realmente feo. Entonces se dio cuenta: las paredes del intestino se estaban cerrando. Los demás tardaron algo más en darse cuenta pero al final lo hicieron, y fue entonces cuando cundió el pánico. Papá y mamá truño trataban de calmar a los otros truñitos, que voceaban y gritaban, fuera de si, viendo como el mundo se estrechaba más y mas. Gritos, lloros y frases inconexas salían de todas partes, menos del truñito, que había adoptado una actitud entre estupefacta y curiosa ¿Era eso el fin de todo? ¿Y el principio de qué? ¿Qué pasaba más allá de las paredes de su mundo que lo hacían encogerse?

Entonces entró la luz, una luz blanca y cegadora, y la presión cedió. Después un golpe.

Tardó un rato en recuperar la consciencia y cuando lo hizo se encontró flotando en el agua. Miró a su alrededor y vio a sus padres y hermanos medio inconscientes. Se miraban entre ellos, le miraban a él. Se miraban unos a otros como esperando una explicación. Pero nadie la tenía.

Un grito le hizo que el tiempo volviese a correr. Todos miraron a truñito mayor, que a suvez miraba el agua en la que se encontraba flotando. No parecía posible, pero se estaba deshaciendo en ella. Literalmente. Un instante después, la tormenta. El agua se agitó violentamente y les empujó hacia el fondo con furia, a una especie de intestino gigante, donde los truños viajaban deprisa empujados por el agua, que los iba descomponiendo. A todos menos al truñito pequeño. Su constitucion, torpe y rígida, le permitía resistir la erosión que estaba acabando con su familia. Nadie se reía de él ya. Todos estaban asustados, demasiado como para gritar, y le miraban incrédulo mientras él les devolvía una mirada inexpresiva. Aunque en su cabeza se asentaba una idea: justicia. Se habían reído de él, le habían tratado como a alguien que está por debajo de ellos, algo inferior. Como a un objeto cuyo propósito es recibir burla. Y todo por que era diferente. Esa misma diferencia que a él ahora le permitía sobrevivir mientras ellos no podían. Esta idea hizo que una sonrisa empezara a dibujarse a modo de mensaje final, de moraleja para todos ellos; hasta que se dio cuenta de algo: él no era mejor. Ellos habían sido crueles con él sí, pero las circunstancias habían cambiado y el se disponía a coger su testigo. Iba a humillarlos porque esas circunstancias se lo ofrecían. Porque podía.

Ya no era tan justo. O por lo menos, no era bueno.

Sonrió, sí. Pero de otra forma muy distinta mientras les cogía de la mano , mientras se deshacían. No estaba seguro de quererles, pero sí quería que sus últimos momentos  fueran mejores con él allí que sin él.

Cuando llegó al río, ellos ya no estaban, y sentía una difícil mezcla de felicidad y tristeza, pero lo que sí tenía claro es que, tras lo que había sido su vida hasta ese momento, el tiempo que tenía por delante iba a pasarlo  de otra forma muy distinta.