Stendhal y yo

Barcelona es una ciudad increíble. Es un hecho indiscutible que, además, aparece en el Evagelio según San Nosequién. Es más, a mi me parece la ciudad más bonita que he visto nunca. Eso también es verdad, aunque no sé qué parte de esa opinión la aporta el hecho de que sea mi ciudad y el cariño que le tengo, seamos francos (con minúscula).

Pasear por la parte antigua (Borne, Barrio Gótico y Raval) cuando no hay mucha gente es una experiencia que recomiendo a todos aquellos que necesiten un rato para si mismos. Tras cualquier puerta o al torcer cualquier esquina puede aparecer un lugar lleno de belleza, magia o, simplemente, sorprendente.

Hoy, mi indecisión a la hora de comprarme un traje me ha regalado una mañana increíble, durante la que tan sólo he echado de menos una cámara de fotos. Es lo bueno y lo malo de hacer las cosas sin planificar.

Domingo por la mañana

Acabo de pasar el mejor rato de toda la semana y, seguramente, de bastante tiempo atrás. Realmente no he hecho nada del otro jueves: estaba solo en casa y he decidido irme a dar una vuelta por el barrio. En concreto me he ido a ver el hospital de San Pablo, que lo tengo aquí al lado pero por el que nunca me había dignado a acercarme. Es una manzana del Ensanche (que creo que ocupa como cuatro) con jardines y pequeños edificios modernistas que deben de ser de lo menos cómodo para usarlos como hospital (no en vano están haciendo uno nuevo) pero es fantástico pasear por allí. Me he quedado como absorto y he entrado en un estado en el que hacía mucho tiempo que no me había metido. Me han asaltado pensamientos de todo tipo y a una velocidad que no era capaz de asimilar hasta que, al final, me he apoyado en la entrada viendo llover sobre la Avenida Gaudí y la Sagrada Familia, con una perspectiva que no había visto nunca y que me ha cautivado. En ese momento he deseado ver todas las ciudades del mundo. Bueno, para ser exacto, de Europa: Copenhage, Londres, Toledo, Madrid, Burgos, Granada… (la verdad es que he acabado tirando un poco para casa). He tardado un buen rato, aunque no sé cuanto, en volver al piso, deteniéndome varias veces a ver llover y mirando los edificios antiguos, o los nuevos, o lo que fuera que pasase por delante. Una vez aquí, y ya que no voy a ir a ver Granada, voy a intentar calmar mis ganas de conocer cosas nuevas convenciendo a mis compañeras de piso para que vayamos comer a un restaurante exótico. Aunque sea un chino.