Reivindicación y cebollas

Ayer domingo fui a la calçotada popular del barrio de Les Corts de Barcelona. Desde que dejé el esplai en Cerdanyola (hace unos cinco años) que no había vuelto a asistir a una celebración de este tipo, y la verdad es que me lo pasé muy bien. La comida no fue nada del otro jueves, como es lógico en estos eventos, pero los organizadores se lo curraron mucho, y entre eso y que hizo un día fantástico, todo salió a pedir de boca.

Lo que me pareció más curioso es cuánto he olvidado lo que son estas fiestas y la gente que congrega. Muchas veces se aprovechan estas celebraciones de carácter ciudadano para reivindicar un montón de cosas (gente que, en muchos casos, nada tiene que ver con la organización y se creen con el derecho a irrumpir donde les venga en gana, derecho que les otorga la divina posesión de la razón absoluta) y este caso no era menos: no a las fuerzas de ocupación, independencia, no a la recalificación del Mini Estadi, transjénicos fuera (bueno, esta no era una reivindicación del acto, pero salió de forma colateral… y queda bien, ¡qué coño!)… Dado que durante mis seis años de monitor de esplai tuve que lidiar con muchas de estas cosas, hace tiempo que no me afectan demasiado. De hecho, no pretendo opinar sobre ninguna de estas reivindicaciones (que me parecen totalmente respetables) ni sobre el modo como entran en estos actos como un elefante en una cacharrería (que no me lo parece tanto). Lo que me llamó verdaderamente la atención es la gente vinculada a estas cosas. Siempre me ha parecido llamativa, pero ahora, con cinco años de alejamiento, me lo parece mucho más, ya que soy mucho más capaz de ver su desconexión con el mundo real.

Me llamaron la atención especialmente tres o cuatro personas. El que más, un chico barbudo y melenudo que iba descalzo deambulando por el parque, y que era la comidilla de los que estábamos ahí. Pero aunque este era el que más impactante a primera vista, me parecieron mucho más interesantes los otros: gente de cuarenta para arriba que parecían aferrarse contra viento y marea a un modo de vida que siempre creyeron correcto, ejerciendo una resistencia cada vez más solitaria contra la sociedad, contra la vida real. A pesar de ver y oír muchas cosas, sólo pude cruzar palabras con una mujer que me pidió una firma para que el Barça y el ayuntamiento no recalificaran el suelo del Miniestadi como edificable, y entre tanto, dijo algo así como “a ver si termina el capitalismo, que con esta crisis se tiene que hundir del todo”. En ese momento se me pasó por la cabeza que el capitalismo (no entendido de forma radical sino como filosofía) es el que le estaba permitiendo a ella tener un coche (si lo tenía), o transporte público, o ropa barata, o curas contra lo incurable, o incluso el que permitía, con sus excedentes, que gente como ella no se muriera de hambre. Evidentemente me callé y firmé la hoja con un sentimiento de pena por todos aquellos a los que, como ella, la firmeza en sus convicciones y la fidelidad a sus principios les había provocado una cierta marginación por parte de la sociedad a la que desean curar.

De todas formas, ¿qué más da? Lo importante es ser feliz, y toda esa gente se lo estaba pasando muy bien esa tarde de domingo.

Anuncios