Cuando no hay nada que contar

Cuando no hay nada que contar es mejor no contar nada. Bueno, no es que sea mejor, es que no hay alternativa (esto se parece sospechosamente a otro post muy reciente; estoy en las últimas), puesto que esta sería contar algo, pero no tengo nada que contar, así que no puedo contar nada. Salvo el hecho de que no tengo nada que contar, pero contar que no tengo nada que contar es una contradicción y hay que tener cuidado con estas cosas porque pueden hacer desaparecer el universo y toda esa mierda. Afortunadamente no ha pasado, así que debe de ser una contradicción pequeñita, de esas que puedes mantener durante un rato sin que pase nada. Y digo que no ha pasado porque sigo escribiendo, cosa que no podría hacer en caso de desaparición del universo. También hay otra hipótesis, y es que contar que no se tiene nada que contar no sea una contradicción y pueda seguir contándolo indefinidamente. Sí, parece absurdo, pero dado que el universo sigue donde y cuando está (al menos el mío), no parece una opción despreciable.

Sobre esto, la opción más evidente y que a todo el mundo se le ocurre es que Antonio de Nebrija pensara en la posibilidad de la destrucción total cuando escribió la primera gramática española y por eso decidió que se usaba la doble negación: literalmente, “no tengo nada que contar” es lo opuesto a “tengo nada que contar”. Uséase, que sí tengo algo. La segunda opción es que Dios, que está por encima de chorradas y al que le importa tres mierdas que desaparezca el universo y que, como me enseñaron muy bien en el colegio, no dudaría un segundo en mandarlo todo a tomar por culo en caso de que alguien provoque una contradicción así, enviando su alma al infierno donde sólo se oye llanto y rechinar de dientes (qué recuerdos…), piense que cuando cuento que no tengo nada que contar, lo que digo es que fabulo que no tengo nada que enumerar.

Otra opción es que esto no es más que una sarta de mamarrachadas.

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