La verdad sobre buenos y malos

No sé qué pasa, pero los días que estoy calentito es cuando más me apetece escribir. Con calentito me refiero a mosqueado, porque si no, lo que me entran son ganas de otras cosas.

En el día de hoy, queridos niños, vamos a hablar de las conciencias, y vamos a ser todo lo destructivos que podamos porque, mis pequeños, alguien tiene que pagar mis platos rotos. Esto, por mucho que os digan vuestros profesores, monitores de esplai y directores espirituales, es una de las bases del funcionamiento de nuestra sociedad, y por tanto, es bueno per se.

Empecemos estableciendo conceptos: la conciencia es una de las partes principales del “código fuente” (si hay algún informático en la sala, que explique eso; yo no quiero) de nuestra cabeza que nos indica qué es el bien y qué es el mal, y es, por tanto, lo que rige principalmente nuestras decisiones y nuestro comportamiento. Como vosotros sois niños listos y espabilados, os estaréis haciendo la siguiente pregunta: ¿cómo se forma (o programa) eso que es tan importante y que nos condiciona de ese modo tan radical? Pues la respuesta es muy simple: al azar. Bueno, no exactamente. Depende de una programación inicial que tenemos al nacer, a la que nuestras vivencias le añaden, especialmente los primeros años, unos parches que pueden llegar a cambiar mucho la programación inicial. ¿Y cómo funciona? Muy sencillo: si hacemos lo que nos dice, nos sentimos bien. Si no, mal.

Bueno, pues eso es todo. Sí, no hay más. Así de sencillo, estúpido y autocomplaciente. Pero ahora viene mi parte favorita. ¿Cuántas veces habéis oído que hay que hacer caso a nuestra conciencia? ¿Cuántas veces habéis visto a alguien orgulloso por hacer lo que su conciencia le pide? ¿Cuántas veces habéis visto a alguien reprender a otro por no tener conciencia con alguien o con alguna situación? ¿Cuántas veces alguien que se cree mejor porque dedica parte (o todo) su tiempo a hacerle caso a algo que le dicta su conciencia? ¿Y qué es la conciencia sino el más básico y primario de los instintos, el “sexo del alma”? Mejor, más primario y menos generoso aún: el instinto de supervivencia del alma. Pero de la propia alma, no de la del prógimo prójimo.

Ahí es cuando me cago en la gente que se piensa que tiene autoridad moral para dar lecciones basadas en sus más primarios instintos, sobre los que montan teorías de todo tipo y que acaban con eslóganes comerciales como “otro mundo es posible”, por poner un ejemplo.

¿Qué hay más egoísta y tiránico que querer que el mundo funcione según lo que te sale de las propias tripas?

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Osel

Recuerdo hace unos años (¿ocho?) cuando oí hablar del pequeño lama español. Recuerdo que en aquel reportaje de la tele lo presentaban como “la reencarnación de Buda”, y me pareció tan alucinante que vi el programa entero. Hoy sé que Buda no era un tío, sino un estado máximo al que cualquier persona puede llegar con el trabajo suficiente, y que él era la reencarnación del lama Yeshe; pero eso es otro tema. Yo, lo que esperaba de aquel reportaje era ver un chico joven tratado como un dios en algún monasterio budista de la India, una fuente de sabiduría o algo así que otra gente seguía y reverenciaba. Por lo que él mismo dice, sí lo veneraban, pero eso era fuera del monasterio. Lo que vi era otra cosa. Ahí había un chico, rodeado de muchos otros como él, que dedicaba dieciséis horas diarias al estudio de filosofía, matemáticas y textos sagrados que no recuerdo; y a debatir sobre estos últimos con sus compañeros. Únicamente sobre esto. Mostraban imágenes de esas discusiones o debates: parejas de chicos tenían lo que parecía una confrontación, que distaba bastante de la imagen sosegada y razonable que se tiene de la buddhist way of life. Además, y esto me llamó bastante la atención, repetían al final de cada frase un gesto como para dar énfasis a lo que decían, a un volumen ya bastante alto: se echaban hacia adelante y golpeaban la palma de una mano con el reverso de la otra frente a la cara del “oponente”. Durante el reportaje también entrevistaban al chico. Enfatizaban su papel de persona importante en el mundo budista, y la vida de alejamiento que había decidido llevar. Pero se mostraba (o yo veía) con una cierta claridad una importante inseguridad acerca de todo lo que tenía alrededor, y de lo que no tenía. Es más, cuando hablaban de cómo buscaron por todo el mundo al niño en el que el lama Yeshe se había reencarnado y cómo fue su llegada al monasterio, vi a unos fervientemente budistas padres y un desesperadamente necesitado lama que encontraron en Osel (que así se llama la criatura, por cierto) todas sus esperanzas de realización personal.

Vamos, que pasé de la perspectiva de un niño tranquilo y sabio, tratado con cariño y veneración, a la imagen de un adolescente enclaustrado en un sitio extraño, con una estricta educación basada en la disciplina, las privaciones y en un conocimiento obsoleto, rígido y muy reducido, sobre el que deben ¿debatir? diariamente de una forma preestablecida. Recuerdo que acabé el reportaje bastante triste por el pobre chico, y deseando de todo corazón que acabaran de reprimirle esos deseos y curiosidades que sentía, para que jamás asomara la cabeza al mundo exterior y descubriera que le habían arrebatado su vida y que nunca la iba a recuperar del todo.

Ayer por la tarde, en las noticias, hablaron de él y se me cayó el alma a los pies: el chico salió del monasterio a los dieciocho viendo que eso no era lo que quería. Mostraban la foto de espaldas de un chaval vestido medio hippie, que decían que había estudiado filosofía y cine, y que estaba tratando de dedicarse a eso. Alguien que trata de buscar sentido a su vida, pensé. Hoy, rebuscando, he encontrado la confirmación.

Este es un tipo de situación que me provoca sentimientos encontrados. Lo fácil sería cagarse en el lama y los padres del chico, pero entiendo la necesidad imperiosa que tenían, tanto el uno como los otros, de darle sentido a su vida. Un sentido que para ellos es más que una realización personal. Para la gente fervientemente religiosa, la religión traspasa la importancia de las cosas que conocemos y es lo que está por encima del mundo, del tiempo e incluso de las personas. A modo de ejemplo, la Biblia cuenta cómo Abraham estaba dispuesto a sacrificar a su hijo por Dios. Porque Dios no es una ideología. Dios es, simplemente, Dios, y está por delante de todo lo demás. El problema es que, probablemente, Dios no existe, y al pobre Osel le jodieron irremisiblemente la vida. Una vida finita y caduca, pero que es la única que va a tener. Por lo menos, y seguramente fruto de su instinto de supervivencia, sigue creyendo en la reencarnación.