Encarando la parte final

Pues justo tras acabar de escribir el post anterior llegó el que probablemente sea el mejor momento de los dieciocho días que llevo aquí: la cena en el FCC de Phom Penh. El Foreign Correspondent Club es un local al que iban los corresponsales de guerra durante el mogollón de los Jemeres Rojos, que sin ser nada espectacular (un bonito edificio colonial pero nada más) tiene un toque exótico de película. De hecho, entre el local, la camarera (guapísima y simpatiquísima, como todas aquí), y una chica occidental que estaba al lado, sentada como una diva, con un traje camboyano y escribiendo en una libreta mientras bebía una copa de vino y otra de agua (si la llego a ver en Barcelona hubiera pensado que era gilipollas), durante un rato me dio la sensación de estar metido en un film. Fue alucinante. De todas formas, mis companyeros no se creen que eso haya sido lo mejor del viaje para mi, incluso, al contarlo, alguna soltó “Eso es que ha viajado poco”.

Al día siguiente, además de patearnos la ciudad y comer en un mercado cavernoso lleno de camboyanos y olores de todo tipo, nos juntamos todos y visitamos el palacio real de la ciudad, que se supone que es como una versión reducida del de Bangkok. Menuda decepción. Es bonito y eso, pero no parece tener nada más. Ah, bueno, y vimos el centro de detención S21 y los Killing Fields de los Jemeres Rojos. De ahí más de uno salió tocado.

Ahora estamos en Siem Rieb, pueblo cercano al complejo de Ankor, al que hoy hemos tenido un primer acercamiento y hemos comprobado que, definitivamente, compraremos cualquier cosa que nos venda una ninya camboyana. Tratamos de huír al grito de “No le mires a los ojos!” pero son como los leones de la sabana: otean, escojen a la víctima más débil y atacan sin piedad.

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