Me cago

Me cago en el dinero. Me cago en mi trabajo. Me cago en esta. Me cago en estos. Me cago en Londres. Me cago en las puertas. Me cago en las notas. Me cago en las agencias. Me cago en mi casero. Me cago en los rasgos de personalidad obsesiva. Me cago en el wáter. Me cago en los cinco pasos y en los ocho. Me cago en la atmósfera. Me cago en los vendedores. Me cago en los tontos. Me cago en los engreídos. ME CAGO EN TODO LO QUE SE MUEVE.

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El truñito feo

Había una vez un lugar llamado colon o intestino grueso, hogar de una feliz familia: papá truño, mamá truño y cinco truñitos. Esta familia llevaba una vida apacible y feliz en aquel lugar que les proporcionaba calor, alimento y multitud de sitios interesantes en los que pasar las horas divirtiéndose. Los truñitos jugaban al “pilla pilla” intestino arriba e intestino abajo. Hacían cabañas de lacobacilus casei inmunitas en el apéndice, e incluso exploraban zonas que sus padres les habían prohibido, llegando casi al píloro. Les encantaba la parte misteriosa de eso: cada vez que se acercaban oían una voz chillona pero poderosa que sonaba por todas partes diciendo “¿Pero qué mierda has comido hoy? ¡Te voy a meter un ambientador de pino en la boca!”.

Sin embargo, la felicidad no era completa en la familia. Producto de la digestión de una paella, el truñito pequeño había recibido, además de un feo aspecto y a diferencia de sus hermanos, una constitución torpe y rígida, y no podía moverse con tanta libertad. Apenas podía seguir a los otros, y siempre acababa atascado en algún pliegue del tracto digestivo, viendo cómo la diversión se escapaba tubo arriba entre risitas burlonas.  A sus padres tampoco parecía importarles demasiado. Estaban muy orgullosos de sus otros cuatro retoños y le miraban a él con condescendencia, pena e incluso algo de desprecio. Podía leer en sus miradas: “¡Qué feo es! ¡Con todas con esas pieles de guisante por todas partes!”. La vida, para él, era un devenir de minutos durante los que pasaban cosas a su alrededor, sin que él pudiera participar de ninguna de ellas. La vida era triste.

Un día, todo fue a peor. Aquel día había allí algo extraño. El truñito notaba que el ambiente estaba más cargado y que se sentía más aprisionado de lo normal. Llegado un punto, ni siquiera era capaz de moverse, y para colmo, sus hermanos lo encontraron divertidísimo. Por lo visto, aún sobraba fondo de escala en el ascómetro de la vida. Ellos, sus hermanos, no parecían darse cuenta distraídos en su diversión, pero aquello se estaba poniendo realmente feo. Entonces se dio cuenta: las paredes del intestino se estaban cerrando. Los demás tardaron algo más en darse cuenta pero al final lo hicieron, y fue entonces cuando cundió el pánico. Papá y mamá truño trataban de calmar a los otros truñitos, que voceaban y gritaban, fuera de si, viendo como el mundo se estrechaba más y mas. Gritos, lloros y frases inconexas salían de todas partes, menos del truñito, que había adoptado una actitud entre estupefacta y curiosa ¿Era eso el fin de todo? ¿Y el principio de qué? ¿Qué pasaba más allá de las paredes de su mundo que lo hacían encogerse?

Entonces entró la luz, una luz blanca y cegadora, y la presión cedió. Después un golpe.

Tardó un rato en recuperar la consciencia y cuando lo hizo se encontró flotando en el agua. Miró a su alrededor y vio a sus padres y hermanos medio inconscientes. Se miraban entre ellos, le miraban a él. Se miraban unos a otros como esperando una explicación. Pero nadie la tenía.

Un grito le hizo que el tiempo volviese a correr. Todos miraron a truñito mayor, que a suvez miraba el agua en la que se encontraba flotando. No parecía posible, pero se estaba deshaciendo en ella. Literalmente. Un instante después, la tormenta. El agua se agitó violentamente y les empujó hacia el fondo con furia, a una especie de intestino gigante, donde los truños viajaban deprisa empujados por el agua, que los iba descomponiendo. A todos menos al truñito pequeño. Su constitucion, torpe y rígida, le permitía resistir la erosión que estaba acabando con su familia. Nadie se reía de él ya. Todos estaban asustados, demasiado como para gritar, y le miraban incrédulo mientras él les devolvía una mirada inexpresiva. Aunque en su cabeza se asentaba una idea: justicia. Se habían reído de él, le habían tratado como a alguien que está por debajo de ellos, algo inferior. Como a un objeto cuyo propósito es recibir burla. Y todo por que era diferente. Esa misma diferencia que a él ahora le permitía sobrevivir mientras ellos no podían. Esta idea hizo que una sonrisa empezara a dibujarse a modo de mensaje final, de moraleja para todos ellos; hasta que se dio cuenta de algo: él no era mejor. Ellos habían sido crueles con él sí, pero las circunstancias habían cambiado y el se disponía a coger su testigo. Iba a humillarlos porque esas circunstancias se lo ofrecían. Porque podía.

Ya no era tan justo. O por lo menos, no era bueno.

Sonrió, sí. Pero de otra forma muy distinta mientras les cogía de la mano , mientras se deshacían. No estaba seguro de quererles, pero sí quería que sus últimos momentos  fueran mejores con él allí que sin él.

Cuando llegó al río, ellos ya no estaban, y sentía una difícil mezcla de felicidad y tristeza, pero lo que sí tenía claro es que, tras lo que había sido su vida hasta ese momento, el tiempo que tenía por delante iba a pasarlo  de otra forma muy distinta.

Sentado en el trono.

De un tiempo a esta parte todos los días son una mierda. Y no, no voy a matizar eso. Una mierda de esas que dan espantosos retortijones, que no quieren salir por mucho que aprietes, que no se limpian por mucho papel que uses y que dejan el lavabo oliendo a puta mierda (¿a qué si no?) durante horas. Pero esta mierda no la tengo en el culo sino en la cabeza, que aunque alguien me haya dicho en alguna ocasión que, en mi caso, vienen a ser lo mismo, no lo son. Así que, además de dar retortijones, no salir, no limpiarse y oler muchísimo, me revienta la inspiración a la hora de escribir.

Entonces vosotros, queridos lectores, que sois astutos y espabilados habréis pensado “¡Coño, se acabaron los días de mierda!”. Bueno, pues no. La mierda sigue su curso natural pero parece que acabo de tener un momento lúcido e inspirado y me ha parecido buena idea aprovecharlo. El problema es que se trata de un arrebato, un instante en el que he sentido una gran necesidad de escribir pero sin tener nada preparado, cosa que es una pena porque parece una forma de tirar al  retrete este pico de talento. Más concretamente, al vertedero.

Aunque de todas formas, y siendo sincero, tampoco  puedo decir que haya tenido una gran inspiración. En el fondo, lo que he escrito es una mierda. Y ni da retortijones, ni ha tardado en salir. Estoy limpio y no creo que su olor perdure mucho.

Voy a tirar de la cadena.