El truñito feo

Había una vez un lugar llamado colon o intestino grueso, hogar de una feliz familia: papá truño, mamá truño y cinco truñitos. Esta familia llevaba una vida apacible y feliz en aquel lugar que les proporcionaba calor, alimento y multitud de sitios interesantes en los que pasar las horas divirtiéndose. Los truñitos jugaban al “pilla pilla” intestino arriba e intestino abajo. Hacían cabañas de lacobacilus casei inmunitas en el apéndice, e incluso exploraban zonas que sus padres les habían prohibido, llegando casi al píloro. Les encantaba la parte misteriosa de eso: cada vez que se acercaban oían una voz chillona pero poderosa que sonaba por todas partes diciendo “¿Pero qué mierda has comido hoy? ¡Te voy a meter un ambientador de pino en la boca!”.

Sin embargo, la felicidad no era completa en la familia. Producto de la digestión de una paella, el truñito pequeño había recibido, además de un feo aspecto y a diferencia de sus hermanos, una constitución torpe y rígida, y no podía moverse con tanta libertad. Apenas podía seguir a los otros, y siempre acababa atascado en algún pliegue del tracto digestivo, viendo cómo la diversión se escapaba tubo arriba entre risitas burlonas.  A sus padres tampoco parecía importarles demasiado. Estaban muy orgullosos de sus otros cuatro retoños y le miraban a él con condescendencia, pena e incluso algo de desprecio. Podía leer en sus miradas: “¡Qué feo es! ¡Con todas con esas pieles de guisante por todas partes!”. La vida, para él, era un devenir de minutos durante los que pasaban cosas a su alrededor, sin que él pudiera participar de ninguna de ellas. La vida era triste.

Un día, todo fue a peor. Aquel día había allí algo extraño. El truñito notaba que el ambiente estaba más cargado y que se sentía más aprisionado de lo normal. Llegado un punto, ni siquiera era capaz de moverse, y para colmo, sus hermanos lo encontraron divertidísimo. Por lo visto, aún sobraba fondo de escala en el ascómetro de la vida. Ellos, sus hermanos, no parecían darse cuenta distraídos en su diversión, pero aquello se estaba poniendo realmente feo. Entonces se dio cuenta: las paredes del intestino se estaban cerrando. Los demás tardaron algo más en darse cuenta pero al final lo hicieron, y fue entonces cuando cundió el pánico. Papá y mamá truño trataban de calmar a los otros truñitos, que voceaban y gritaban, fuera de si, viendo como el mundo se estrechaba más y mas. Gritos, lloros y frases inconexas salían de todas partes, menos del truñito, que había adoptado una actitud entre estupefacta y curiosa ¿Era eso el fin de todo? ¿Y el principio de qué? ¿Qué pasaba más allá de las paredes de su mundo que lo hacían encogerse?

Entonces entró la luz, una luz blanca y cegadora, y la presión cedió. Después un golpe.

Tardó un rato en recuperar la consciencia y cuando lo hizo se encontró flotando en el agua. Miró a su alrededor y vio a sus padres y hermanos medio inconscientes. Se miraban entre ellos, le miraban a él. Se miraban unos a otros como esperando una explicación. Pero nadie la tenía.

Un grito le hizo que el tiempo volviese a correr. Todos miraron a truñito mayor, que a suvez miraba el agua en la que se encontraba flotando. No parecía posible, pero se estaba deshaciendo en ella. Literalmente. Un instante después, la tormenta. El agua se agitó violentamente y les empujó hacia el fondo con furia, a una especie de intestino gigante, donde los truños viajaban deprisa empujados por el agua, que los iba descomponiendo. A todos menos al truñito pequeño. Su constitucion, torpe y rígida, le permitía resistir la erosión que estaba acabando con su familia. Nadie se reía de él ya. Todos estaban asustados, demasiado como para gritar, y le miraban incrédulo mientras él les devolvía una mirada inexpresiva. Aunque en su cabeza se asentaba una idea: justicia. Se habían reído de él, le habían tratado como a alguien que está por debajo de ellos, algo inferior. Como a un objeto cuyo propósito es recibir burla. Y todo por que era diferente. Esa misma diferencia que a él ahora le permitía sobrevivir mientras ellos no podían. Esta idea hizo que una sonrisa empezara a dibujarse a modo de mensaje final, de moraleja para todos ellos; hasta que se dio cuenta de algo: él no era mejor. Ellos habían sido crueles con él sí, pero las circunstancias habían cambiado y el se disponía a coger su testigo. Iba a humillarlos porque esas circunstancias se lo ofrecían. Porque podía.

Ya no era tan justo. O por lo menos, no era bueno.

Sonrió, sí. Pero de otra forma muy distinta mientras les cogía de la mano , mientras se deshacían. No estaba seguro de quererles, pero sí quería que sus últimos momentos  fueran mejores con él allí que sin él.

Cuando llegó al río, ellos ya no estaban, y sentía una difícil mezcla de felicidad y tristeza, pero lo que sí tenía claro es que, tras lo que había sido su vida hasta ese momento, el tiempo que tenía por delante iba a pasarlo  de otra forma muy distinta.

La fábula del banquero y Juan Palomo

Había una vez un hombre llamado Juan Palomo al que le tocó un señor pellizco en la lotería.  Lleno de alegría pensó en depositar ese dinero en el banco, ese banco en el que llevaba ya muchos años ingresando religiosamente su nómina mensual, motivo por el que ya conocía a las cajeras e incluso al director.

Cuando Juan Palomo, lleno de felicidad, contó a la cajera Pili el motivo de su visita, esta, tras una enorme sonrisa y un “¡Enhorabuena!”, llamó al director, que presto se personó, le dio un apretón de manos y lo invitó a pasar a su despacho. Juan Palomo no podía quitarse esa cara de alegría mientras le contaba al director que quería hacer algo con ese dinero; tratar de sacarle más partido, para así, además, poder dejarle a sus hijos una herencia. El banquero sonrió, le dio unos golpecitos en la espalda y le dijo “No te preocupes. Hace tiempo que nos conocemos, ¿no? Aquí haremos lo mejor para tu dinero.” Acto seguido, el banquero comenzó a explicarle todas las opciones que tenía. Le llenó la cabeza de números, cláusulas, porcentajes y valores, y al final Juan Palomo acabó con un montón de ideas entrecruzadas y un fuerte dolor de cabeza. “Ehh… bueno”, dijo Juan Palomo, “eso de la alta rentabilidad, que has hablado tanto, está bien, creo que… sí”. “Perfecto”, dijo el Banquero, “Pues si eso es lo que decides, sólo tienes que firmar aquí”. Juan Palomo cogió el bolígrafo un poco confuso, pero con confianza en su banquero de toda la vida. Este le puso la mano en el hombro con fuerza, le miró a los ojos y con una sonrisa le dijo: “Tus hijos agradecerán una buena decisión”.

Cuando salió del despacho, y tras desear a la cajera Pili la pronta recuperación de su hijo que estaba con paperas, Juan Palomo estaba exultante. Llegó a casa, abrazó a su mujer y pasó el resto del día hablando, henchido, de la importante y hábil gestión que había realizado con el banquero y de cómo su familia iba a vivir más tranquila a partir de ese momento.

Un día, cuando las navidades se acercaban, Juan Palomo se fue al banco. Llevaba semanas buscando el perfecto regalo de reyes para su hijo pequeño y lo había encontrado el día anterior, así que iba a sacar dinero para comprarlo.

– Me temo que no puede ser. – le dijo la cajera Pili – Este dinero no puede usted tocarlo hasta dentro de tres años.

– ¿Cómo que no? Pero si sólo es para un juguete. Tengo de sobras. ¿Cuánto tengo ya?

Juan Palomo se quedó petrificado cuando le dijo la cantidad

– Pero ese no es el problema, Señor Juan, es que es un depósito…

– ¿Me puedes repetir la cantidad? – Interrumpió Juan Palomo.

Otra vez. No podía ser, era menos de lo que había ganado. Ahí faltaba, por lo menos, una cuarta parte. No entendía nada, así que preguntó si podía hablar con el banquero. Este le recibió de inmediato con una sonrisa y un abrazo, a pesar de que la cara de Juan Palomo estaba totalmente descompuesta.

– ¿Qué te trae por aquí, Juan?

Juan Palomo le contó lo sucedido, y a medida que avanzaba, el banquero fue cambiando su expresión por un ceño fruncido.

– Vaya, Juan, lo siento. Lo siento de veras.

Tras eso, el silencio. Juan no sabía muy bien qué debía esperar pero suponía que algún tipo de explicación. Esta no se producía, así que empezó a decir algo sin saber muy bien qué.

– Yo… quería comprar los reyes… y no sé por qué… no puedo sacar dinero… y ahora tengo menos…

Otro breve silencio y el barquero finalmente habló.

– Juan, lo siento de Veras, pero tú escogiste un depósito de riesgo y los valores con los que juegas están cayendo en picado… y la verdad es que el futuro no parece halagüeño.

– Pues quiero sacar el dinero – dijo Juan Palomo.

– No puede ser. No hasta dentro de tres años.

La mirada de Juan Palomo se clavó en el banquero. No era una mirada de odio o enfado, sino de incredulidad, que fue transformándose en desesperación.

– Pero tú me dijiste que era lo mejor, me dijiste que mis hijos…

– Juan, créeme cuando te digo que lo siento, pero no te enfades conmigo. Yo te mostré las opciones y tú cogiste la que consideraste. Nunca te he forzado ni te he puesto una pistola en la cabeza.

– Pero yo confié en ti. Este es mi banco desde hace muchos años. Nos conocemos desde hace tiempo.

– Juan, me duele que puedas pensar que te he engañado. Yo no he hecho nada. Nunca te he dicho que escogieras una u otra cosa, y siento enormemente que haya salido mal. Espero que esto no afecte a nuestra confianza mutua porque es lo último que deseo. Aquí todos te apreciamos, empezando por mi y terminando por la señorita Pili.

Juan Palomo salió del banco abatido. Lo que le había dicho era verdad, pero sentía que había gato encerrado. De alguna forma, había jugado con esa su confianza. El banco le había desplumado y él no tenía nada que decir. Y con esa sensación pasó los siguientes días, hasta que un día, al pasar por delante, vio al banquero salir de su oficina. Este también se dio cuenta de su presencia, le dedicó una alegre sonrisa y se dirigió a su encuentro.

– ¡Hombre Juan! ¿Qué tal? ¿Qué es de tu vida? – le dijo mientras le daba un afectuoso abrazo.

– Eh… Pues… Ya ves. Por aquí.

– ¿Todo bien? – Le dijo poniendo su mano en el hombro y aún sonriendo. Siguió así mientras se hacía un silencio.

– Bueno…  Ya ves…

– Juan, discúlpame que te tengo un encargo. Si hay algo que pueda hacer por ti, ya sabes.

Y se despidieron.

Juan Palomo estuvo unos segundos quieto. Sin saber qué hacer. Como desconectado. Decidió entrar en el banco, y tras saludar afectuosamente a Pili, le dijo que quería cerrar sus cuentas. Pili le miró sorprendida al principio, pero luego entendió lo que pasaba, así que le dijo que tendría que esperar al director. Antes de que se fuera hacia la silla, le dio unas palmaditas en la mano.

Cuando llegó el director, y después de hablar con Pili, se dirigió a Juan Palomo con un gesto grave y le invitó a su despacho.

– Así que quieres cerrar las cuentas, Juan. ¿Y cómo es eso? – su expresión era la de no entender lo que pasa. Juan miró al escritorio.

– Eso es. Creo que no os habéis portado bien conmigo. Así que voy a retirar el resto del dinero. Y dentro de tres años sacaré lo que me hayáis dejado en el depósito ese.

– Juan, somos amigos desde hace tiempo. Siempre te hemos tratado bien. – hizo una pausa – Siempre te he tratado bien. Me parece injusto que termines con esto por una decisión equivocada que has tenido.

Juan Palomo levantó la mirada. Empezaba a estar realmente enfadado, pero tragó saliva.

– Yo no lo veo así.

Tras eso, el silencio.

– Muy bien Juan, – dijo el banquero – haremos lo que tú quieras.

Firmaron los papeles y se despidieron con un apretón de manos.